Hace cosa de un mes, paseaba en bici por el paseo marítimo de Cambrils. De pronto mi mirada se desvió hacia dos individuos que realizaban una labor un tanto curiosa: cepillaban los copos de los pinos que se hallaban a un costado de la calle. Me acerqué y enconté centenares de piñas de pino, verdes,  aún rezumando resina y prontas a ser empaquetadas en burdas bolsas de plástico. Me comentaron que  venderían las piñas a una pequeña empresa que se dedicaba al comercio de piñones.


Pedí instrucciones para una tarea que para mi resultaba del todo novedosa: extraer piñones a las piñas. Se me indicó que debía colocarlas en el horno y luego golpearlas con energía para extraer los piñones.  Amablemente me regalaron algunas para mi experimento.

Camino a casa, en un bello día de sol, con las playas salpicadas por personas que disfrutaban plácidamente de un día de descanso, no pudo dejar de pensar en lo noble que es la naturaleza. Por donde uno se voltee, siempre tiene un regalo. Es solamente una cuestión de fijarse un poco, de no pasar de volada.

Con las manos llenas de pegadiza y aromática resina- un perfume que me remontaba a mi infancia cuando mis padres nos llevaban a recoger resina de los pinos para luego utilizarla en el vaporizador los días de constipado-  puse las piñas en el horno por unos 40 minutos. La empresa de abrir las piñas no resultó ser nada fácil pero finalmente encontré que para cada “pétalo” se extraen 2 piñones. El promedio de semillas por piña es de unos 120-130.

A los pocos días de la laboriosa faena, nuestro  amigo Fernando me hizo notar sutilmente lo inútil de mi trabajo: si esperaba un tiempo más, la piña se cae sola y se extrae fácilmente la nuez del piñón.  ¡En fin! . No dejó de ser una experiencia curiosa….

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