Para los que me conocen, soy una coleccionista de azúcar. En realidad, soy una coleccionista de muchas cosas.
Pero por lo que aquí respecta: soy una coleccionista de azúcares.
Tengo años recolectando  azúcares diversos comprados por el mundo; me he dedicado igualmente a comprar cucharillas, pinzas, palitas y demás adminículos para servirlas.
Me he inclinado más por las formas diversas del azúcar de caña, o por aquellas que no son de caña, como la de arce, la stevia,… 

Mi colección de azúcares
Mi colección de azúcares

Me han atraído menos las de colores sin bien he recibido algunas de regalo. Las sirvo además en pequeños envases de cerámica china azul-blanca, de diversas formas y tamaños sobre una bandeja con base de bambú.
Estoy consciente del impacto que causan al ser servidas. Sobretodo porque como parte del espectáculo del ritual del café o té  pongo una cara de falsa inocencia al preguntar: “¿Quiere azúcar?” y me espero unos segundos.  Al colocar la bandeja de azúcares en la mesa obtengo en pocos segundos una caída a precipicio de la mandíbula…
Noooooooooooo!!!Claro, la parte que poco tiendo a contar es lo que me ocurrió  la vez que necesité impresionar a un hombre extraordinariamente maravilloso que me acababa de invitar a salir.
Al regreso a casa – después de una agradable velada donde él me miraba con cuidadoso escrutinio y tomaba pausadamente sus conclusiones mientras yo estaba clarísima con tan solo una semana de conocerlo que era el hombre de  mi vida- lo invité a tomar café.
Mis intenciones eran clarísimas: tan pronto me pidiera el azúcar, mi bandeja se encargaría de generar todas las conclusiones sobre mi persona que yo estaba deseando.
Preparé el café en mi vieja y noble greca y a la pregunta:
“¿Azúcar?”,
La respuesta no se hizo esperar:
“ No,  gracias. No tomo azúcar. No  me gusta”.
(Che mi venga un colpo!! ) strump
“¿Seguro????” .
???
Ya para ese momento la que tenía la mandíbula desencajada era yo… El pobre, por su parte, no entendía lo que estaba pasando…
No vi otra salida: admití la verdad. Saqué mi bandeja a relucir como quien muestra un arma secreta.
Expuse mi plan sin guardar detalle alguno: el factor sorpresa, el impacto, las deseadas conclusiones…
Han pasado 10 años desde ese incidente y todavía no se si fue la bandeja de azúcares, mi honestidad o el ridículo absoluto que hice. ¿Que mas da? 
Lo importante es que aquel chico espléndido sigue al lado mío siempre riguroso con su índice glicérico mientras yo sigo coleccionando azúcares de la buena suerte.

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