REPORTAJE: Cafés literarios. Kurhaus (Badem-Badem)

El tiempo ha pasado
MANUEL VICENT 29/08/2010
El País

Entrada al café Kurhaus, en el casino de Badem-Badem, que pasa por ser el más lujoso del mundo

El café Kurhaus forma parte del famoso casino de Badem-Badem. No busques aquí vigas de madera roídas por las termitas ni peluches de terciopelo desgastado por ilustres posaderas. Se trata de un espacio claro con una fachada sostenida por cristaleras y columnas blancas, cada una adornada con un globo de cristal de aire modernista. El establecimiento tiene un restaurante funcional abierto a la terraza frente al auditorio de música donde a veces canta un coro casi angelical o interpreta una orquesta partituras de Mozart mientras en el Kurhaus la gente toma refrescos sutiles o le entra fieramente al codillo.


Detrás del restaurante hay un piano- bar con fotos de ilustres clientes en las paredes, los inevitables duques de Windsor, los más célebres artistas de Hollyvood, músicos, actores de teatro y otros personajes que llegaron aquí a jugarse las pestañas. Si Badem-Badem tuviera que elegir a su fantasma predilecto este sería, sin duda, Dostoiewski, quien en este casino se arruinó varias veces, lo que le permitió escribir la novela El jugador con un sabor de ceniza en la lengua. En el Kurhaus

Entrada principal del casino, que alude al Olimpo con su estilo griego/AFP

se puede estar antes y después de ser esquilmado por la cobra que da vueltas en la ruleta. Según haya ido la suerte uno puede darse un banquete o pedir un agua mineral con bolitas. Ya no se suicida nadie.

El casino de Badem-Badem pasa por ser el más lujoso del mundo. La fachada tiene un friso de leones alados que mantienen con las garras copas triunfales. Las cúpulas y los artesonados de las salas de juego están coronados por todos los dioses, ninfas y héroes posibles, con toda clase de alegorías y mitologías derramadas por las paredes. El Olimpo entero se vierte boca abajo sobre el tapete de las ruletas. El irracionalismo del cerebro humano es necesario dar sentido a la fortuna. No obstante la ciudad balneario de Badem-Badem está hecha para la paz del espíritu, los bosques domados, las pastelerías con inmensas tartas de merengue rococó, las espadañas de las iglesias de donde caen dulces campanadas luteranas que marcan las horas, los caminos de flores, los puentecillos de hierro labrado que cabalgan el río Oos. En medio de esta serenidad compuso Bramhs su cuarta sinfonía, y sobre este verde jugoso paseaba Thomas Mann con Katia y su perroToby. Por delante del Kurhaus pasan reatas de niños rubios, de adolescentes doradas lamiendo bolas de helado bajo el mando de una maestra adusta. Ya no se ven las pamelas y sombreros blancos de antaño. Hoy aquí haría el ridículo cualquier caballero con cuello de porcelana, dama lánguida con polvos de arroz en el rostro o un joven esnob que trataran de revivir los tiempos evanescentes de entreguerras o la estética del nazismo rampante que tuvo también aquí una noche de cristales rotos. La gente que discurre frente a la terraza del Kurhaus está sobrealimentada, con cuellos de novillo y barriga cultivada y ya no es posible ver la escena de contemplé hace años en este misma terraza. Dos parejas jóvenes y rubias, ellos con esmoquin blanco y diseño corporal de Helmut Berger, el personaje de Visconti en la Caída de los Dioses, ellas vestidas de gasas color tostado y sombreros de paja con pomos de frutas tomaban bebidas amargas. Cuando se levantaron de la mesa descubrí que los cuatro calzaban zapatillas de baloncesto sucias de barro, casi podridas.
Pese a los tiempos salchicheros que corresponden a la cultura actual todavía es un buen espectáculo sentarse en la terraza del Kurhaus el sábado por la noche para presenciar el desfile de seres que acuden al casino. Todavía puedes descubrir que algunos de estos personajes corresponden todavía al expresionismo alemán que anunció la ruptura del imperio austro-húngaro. Se ven pasar figuras salidas de los cuadros de Otto Dix, de George Grosz, de Max Beckmann, una señora de negro , un retaco de cien kilos en canal, con sombrerito y los mofletes pintados de rosa acompañada por un caballero alto, extremadamente flaco, de costillas transparentes, con perilla y coleta; dos tipos vestidos con traje étnico paquistaní, de blanco impoluto, con solideo trenzado, a los que siguen sus correspondientes guardaespaldas, uno mulato y otro con diseño kosovar, ambos equipados con un pistolón, semejante a una pata de cordero, pendiente de la axila. A veces también entran en el casino, entre señorones encorbatados, parejas de rutilante belleza. Mientras la cabeza de cobra da vueltas en la ruleta, en el piano bar desierto el pianista toca la melodía de Casablanca, el tiempo pasará, y frente al piano hay una mujer de media edad, la única cliente del local que en este momento oye la canción con los ojos cerrados, sentada en una butaca. Tiene, tal vez, el síndrome de Ingrid Bergman. Está esperando que de un momento a otro entre Bogart por la puerta del Kurhaus. Pero Bogart no llegará nunca a su rescate porque el viejo tiempo, como dice la canción, en Badem-Badem ya ha pasado.

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